Por Roberto Monclus
George Orwell escribió una de las definiciones más contundentes sobre la libertad: “Si la libertad significa algo, significa el derecho a decirle a la gente lo que no quiere oír.” La frase incomoda porque desnuda una verdad irrefutable: la democracia no se fortalece con aplausos obligatorios, sino con la posibilidad de disentir.
Las reacciones generadas en las redes sociales tras el acto inaugural y las transmisiones deportivas han sido interpretadas por algunos como una ofensiva injusta. Grave error. Lo verdaderamente preocupante sería el silencio. Una sociedad que deja de criticar es una sociedad que comienza a resignarse a la mediocridad.
Resulta imposible pretender que un evento de gran magnitud quede exento del escrutinio ciudadano. Cuando se designan narradores para disciplinas deportivas que no dominan plenamente, el público tiene todo el derecho de señalarlo. La narración deportiva no admite improvisaciones. Requiere conocimiento, preparación, experiencia y sensibilidad para transmitir la esencia de cada competencia. El micrófono no puede convertirse en un laboratorio de aprendizaje mientras millones de personas observan el espectáculo.
Lo mismo ocurre con cualquier ceremonia inaugural. Si hubo desaciertos en la producción, en la organización o en la ejecución, corresponde analizarlos y corregirlos. Nadie mejora escondiendo los errores debajo de la alfombra. La excelencia nace precisamente de la capacidad de aceptar observaciones y convertirlas en oportunidades de crecimiento.
Lo preocupante es cuando aparece la tentación de desacreditar toda opinión crítica, etiquetándola como malintencionada, destructiva o producto de intereses ocultos. Ese camino conduce al autoritarismo intelectual, donde solo se acepta el elogio y se castiga el cuestionamiento. Esa práctica jamás ha producido instituciones más fuertes; por el contrario, las ha debilitado.
Quien administra recursos públicos, dirige una institución o asume responsabilidades frente a la sociedad debe comprender que el cargo trae consigo una obligación ineludible: rendir cuentas y escuchar. Gobernar no es rodearse de aduladores. Gobernar es aceptar que habrá ciudadanos que piensen distinto y que tienen pleno derecho a expresarlo.
Por eso, la llamada “tolerancia cero” no puede convertirse en una política frente a la crítica. La tolerancia cero debe aplicarse contra la corrupción, la negligencia, la impunidad y el abuso de poder; nunca contra la libertad de expresión. Pretender silenciar las voces incómodas solo evidencia inseguridad y una peligrosa incapacidad para aceptar el escrutinio público.
Las redes sociales han cambiado las reglas del juego. Hoy la audiencia ya no es un espectador pasivo; es un juez permanente de la calidad de los servicios, de la gestión pública y de los acontecimientos de interés nacional. Quien ignore esa realidad terminará desconectado de la ciudadanía.
Por supuesto, la crítica responsable no debe confundirse con el insulto, la difamación ni el ataque personal. La ofensa degrada el debate; la crítica argumentada lo enriquece. Pero tampoco debe utilizarse el discurso del “respeto” como excusa para descalificar cualquier observación incómoda.
Las grandes instituciones no le temen a la crítica; la aprovechan. Los grandes líderes no persiguen a quienes cuestionan; los escuchan. Los grandes comunicadores no rehúyen el debate; participan en él con argumentos.
Orwell entendió hace décadas lo que algunos todavía se resisten a aceptar: la libertad pierde su verdadero significado cuando solo se permite decir aquello que resulta agradable para quienes ejercen el poder o toman las decisiones.
Las críticas al acto inaugural y a la utilización de narradores con poca experiencia en determinadas disciplinas no deberían verse como una amenaza. Son un termómetro de la opinión pública y una oportunidad para elevar la calidad de futuros eventos. Ignorarlas sería desperdiciar una valiosa herramienta de mejora.
Las sociedades progresan cuando convierten la crítica en una aliada. Retroceden cuando intentan convertir el aplauso en una obligación.









