Por: Valentín Medrano Peña.
Hacía cerca de dos meses que había celebrado su cumpleaños 34 y aún tenía aquella sensación de ebriedad previo a vomitar casi hasta la hiel en el festejo. Apenas tenía unos dos años como el ministro de comercio de Inglaterra y distaba 24 años justos de ser nombrado primer ministro del más grande imperio de entonces. William Ewart Gladstone era a la sazón un prometedor político, un abnegado liberal que antes había sido conservador.
Entró en sus oficinas muy de mañana, era un cuarto modesto y de mediana dimensión, con amplios ventanales que permitían mirar a los jardines del palacio y más allá a la concurrida calle Aldmiraty Place de Westminster, próximo al 10 de Downing street que sería en muchas ocasiones su mansión de acogida y del gobierno inglés.
Su agenda no estaba cargada, así que se sentó frente a su escritorio en una de las butacas destinadas a sus frecuentes visitas. Debía firmar unas órdenes que implicaban comercio exterior pero no gustaba mucho de la expansión del comercio. A regañadientes aceptaba que los tiempos imponían abrirse a nuevos mercados más allá de la añeja Europa y de sus siempre aliados estadounidenses.
Justo al lado de donde se había sentado estaban amontonados encima del escritorio una gran cantidad de periódicos, bien organizados, de manera que se leyera el nombre del periódico y la noticia principal de sus primeras planas. The Times, Morning Chronicle, The Observer del domingo anterior encabezaban los noticieros. Saltó a todos y tomó uno que captó su atención por el título que decía, “Nace una nueva nación en el Caribe español”. Un periódico muy nuevo, News Of The World, reseñaba la independencia nacida al este de Haití, en la zona que había sido colonia española antes de ser invadida por sus vecinos haitianos.
Pensaba sumergirse en la lectura de la misma justo cuando fue interrumpido por su ayudante Clayde Dillon quien entrando intempestivamente a la oficina le recordó que debía presentar el borrador de su discurso ante los lores. “La libertad es un anhelo irrenunciable del hombre” pensó hacia sus adentros al recrear en su imaginario el nuevo mapa de América con esta naciente nación.
Una frase le retumbaba en su mente, era concerniente a la cláusula 40 de la Carta Magna de 1215 que rezaba: “A nadie venderemos, a nadie denegaremos ni retrasáremos el derecho ni la justicia”. Lo había recitado varias veces en sus estudios en Oxford, pero al tratar de escribirla de memoria la trocó por la que sería su frase más célebre, repetida en decenas de sus discursos y tenida como un aspiracional universal de justicia, “Una justicia retardada es una justicia denegada”.
William Ewart Gladstone fue varias veces primer ministro de Inglaterra, citado innumeras veces por Sir Winston Churchill y miles de mandatarios, estadistas, políticos, abogados, jueces y líderes mundiales, y lo más célebre, su obra más trascendente, una frase que encarna una búsqueda perenne e incesante en todo sistema de derecho, la justicia pronta, la cero mora.
William Ewart Gladstone murió en mayo de 1898. No vio nacer el siglo XX, y solo se refirió a la nueva nación-isla en apologías y críticas al colonialismo salvaje español y francés en América durante sus discursos de vítores y loas a la grandeza inglesa.
La isla sin embargo, vivía su evolutivo desarrollo, asumiendo en principio la división y separación de poderes, la vida republicana, el cristianismo como doctrina y el idioma español. Con muchos altibajos, baches, retrocesos institucionales, dictaduras y gobiernos efímeros. Inauguró la democracia y las elecciones libres como forma de obtención del gobierno, y lenta pero consistentemente, fue fortificando sus estructuras institucionales.
La nación nacida cuando William Ewart Gladstone tenía solo 34 años modificó cuarenta veces su Constitución y creó como forma de selección de sus jueces supremos un consejo formado por los tres poderes del estado, teniendo al congreso como mayoría.
Desde que se instituyó el primer tribunal en la República nacida el 27 de febrero de 1844 hubo moras, la justicia retardada de la que predicaba Gladstone constituía denegación en todos nuestros tribunales y en mayor cantidad en la Suprema Corte de Justicia, la que en principio declaraba la inadmisibilidad del 80% de sus casos y los demás los solía fallar con años de retardos. Se necesitaron varias reformas y cambios legales para disminuir el retardo. Cientos murieron sin saber su suerte jurídica y a nadie parecía importar la suerte de esta denegación de justicia por fortfeit.
Finalmente, después de 182 años de vida republicana, con algunos interludios, un grupo de magistrados supremos, presididos por el Dr. Francisco Jeréz Mena, y que incluía a los jueces Francisco Euclides Soto, María Garabito, Nancy Salcedo, y parcialmente a Francisco Ortega Polanco y a Yorlin Vásquez Castro, lograron lo inimaginable, lo nunca antes vivido, el más grande hito histórico de la justicia dominicana, la cero mora judicial en sede penal suprema.
Vale decir que NINGÚN país del mundo puede exhibir la condición de cero mora judicial a nivel de una de sus cortes supremas si están divididas en salas, y ninguna suprema corte salvo la segunda sala de nuestra Suprema Corte lo ha logrado. Es un hito histórico no solo nacional sino mundial. Siquiera naciones como Costa Rica, Argentina, Perú y Chile con su gran abolengo jurídico han logrado esta hazaña, y desde el año 1215 de la Carta Magna a la fecha, esporádicamente ha sido logrado en la historia de toda la humanidad. El logro es insólito y enorgullecedor.
El día de ayer, 08 de septiembre de 2026, los consejeros miembros del Consejo Nacional de la Magistratura (CNM), encargados de evaluar a los jueces supremos, y aquí quisiera citar al PÍRO de Somos Pueblo, pero no me atrevo, encabezados por el señor Presidente constitucional de la República, Lic. Luis Abinader Corona, y constituidos además por el presidente del senado, Dr. Ricardo de los Santos, por el presidente de la cámara de diputados, Dr. Alfredo Pacheco, el presidente del Tribunal Constitucional, Dr. Napoleón Estévez Lavandier, el presidente de la Suprema Corte de Justicia, Dr. Luis Henry Molina, la jueza suprema, Dra. Nancy Salcedo, y los legisladores opositores, Lic. Omar Leonel Fernández, senador, y Lic. e Ing. Tobías Crespo, decidieron premiar este acontecimiento histórico y único en el mundo, con la destitución del cabeza de la hazaña, quien fuera el presidente de la ceromora sala penal de la Suprema Corte de Justicia.
Las razones? Nadie las podrá jamás entender. Pues en una labor ponciopilatista, el señor presidente de la República, jejejeje, afirmó que “su evaluación era óptima, que no había tachas en su caso ni justificaciones para excluirlo y que su presentación había sido excelente”, pero no votó a favor del mismo.
Si bien hay que decir que todos los jueces ratificados tienen méritos más que sobrados para repetir, y que no hay manera de disminuirles en lo absoluto, no menos cierto es que la exclusión del otrora juez Mena Jeréz es una afrenta, una vergüenza, una ignominia, una vileza del liderazgo nacional.
Tres votos confirmados a su favor, así paga una nación el mérito, el denuedo y la entrega, tres votos a favor que deben ser resaltados porque representan dignidad, entereza y responsabilidad, todo lo demás es politiquería barata.
Los casi ya ex magistrados Luis Henry Molina, Nancy Salcedo y el senador Ricardo de los Santos votaron por el juez reducido a cero como la mora que redujo. Además se dice que el voto del presidente del Tribunal Constitucional, Dr. Napoleón Estévez Lavandier también favoreció al separado juez Francisco Jeréz Mena.
La no ratificación del magistrado Francisco Antonio Jerez Mena no constituye únicamente una decisión sobre su permanencia en la Suprema Corte de Justicia, plantea una interrogante institucional de mayor alcance: ¿qué valor concede el Estado dominicano al mérito cuando un juez de evaluación óptima, trayectoria intachable y resultados excepcionales es separado sin que la ciudadanía conozca una explicación suficiente? La cero mora alcanzada por la Segunda Sala no era una promesa; es un resultado verificable. Por ello, la historia no juzgará solamente al magistrado evaluado, sino también la coherencia, transparencia y justicia de quienes tuvieron la responsabilidad de evaluarlo.
En el caso de Ricardo de los Santos, presidente del senado, este ha sido parte de sendos Consejos que han destronados a los dos únicos jueces supremos de la provincia que lo eligió de senador, por lo que tendrá que explicar muchas cosas a sus electores que han visto reducir en importancia a su comarca electoral.
El consejo bebió de una cicuta que a la larga, en la historia jurídica dominicana, se tendrá como un desacierto, una pifia, una afrenta y una injusticia que puede parir más injusticia.






