Roberto Monclus
Según los expertos, el reciente estudio de la Gallup “presenta unos errorcillos” en la “frecuencia de la muestra” que le restan credibilidad. Y eso es “malo” para su buena reputación. Y es que cada semana recibo decenas de llamadas de todo el país y Estados Unidos para hablar de política y potenciales candidatos presidenciales. Y siempre gana el doctor Leonel Fernández. Usamos dos líneas telefónicas y el resultado siempre es el mismo…pero la Gallup dice que David Collado ganará en primera vuelta .
La frase central de El mago del Kremlin plantea una de las grandes tensiones de la política contemporánea: la percepción puede imponerse sobre la realidad. En el libro, inspirado en los mecanismos de poder del Kremlin y en la construcción mediática de liderazgos, se sostiene que en la era de la comunicación instantánea, las emociones, narrativas y símbolos tienen más impacto que los hechos comprobables.
Cuando se afirma que “la percepción mata la realidad”, se describe cómo una idea repetida constantemente en medios, redes sociales o discursos políticos termina siendo aceptada como verdad colectiva, aunque los datos indiquen lo contrario. La política moderna ya no depende únicamente de resultados concretos, sino de la capacidad de construir relatos convincentes.
Ese fenómeno se observa en campañas electorales, debates públicos y sondeos de opinión. Muchas veces la ciudadanía vota motivada por sensaciones: esperanza, miedo, carisma o rechazo. La imagen de fortaleza o cercanía de un líder puede pesar más que indicadores económicos o estadísticas oficiales.
El libro también advierte sobre el poder de la propaganda moderna y los algoritmos digitales. La información circula a gran velocidad y las emociones se viralizan más rápido que los análisis racionales. En ese escenario, quien domina la narrativa pública puede influir decisivamente en la percepción social.
Por eso, la frase de Giuliano da Empoli se ha convertido en una referencia frecuente para analizar la comunicación política actual: la batalla ya no es solo por gobernar la realidad, sino por controlar la manera en que la sociedad la interpreta.







